Turismo, posconflicto y derechos socio culturales de las comunidades afro en Cartagena de Indias Jorge Bonilla

Carlos Garzón, estudiante de la Facultad de Administración de Empresas Turísticas y Hoteleras de la Universidad Externado de Colombia, quien realiza sus prácticas profesionales en el Viceministerio de Turismo, se hizo presente la universidad, en el marco de los conversatorios de “Turismo y posconflicto”, para contar su experiencia en investigación sobre el turismo en Cartagena, la Champeta y el posconflicto.

Su exposición marcó un recorrido por la historia de “La Heroica” como destino turístico, hasta la actualidad. Luego, hizo un recuento de la historia de la Champeta como expresión cultural, y señaló cómo, con el tiempo, se ha ido convirtiendo en un atractivo turístico de la ciudad que, además, vincula a la población más vulnerable y necesitada.

Según su presentación, Cartagena de Indias tuvo su primera política pública de turismo hacia 1931. Desde entonces, se proyectó la ciudad como el primer destino turístico del país. En 1984, la UNESCO incluyó a Cartagena de Indias en la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad por su puerto, fuertes y conjunto monumental histórico y, en 1987, la ciudad se consideró ¨Distrito turístico y cultural¨. Este cambio le dio mayor autonomía con respecto a Bogotá y le permitió ganar relevancia en el contexto nacional.

En 1997, se creó el Cartagena de Indias Convention and Visitors Bureau, primera entidad de este tipo en Colombia, con el fin de darle un enfoque como destino de reuniones y congresos, aprovechando su infraestructura, como una forma de complemento al tradicional turismo de sol y playa. Desde este momento, se ha visto la creciente necesidad de crear nuevas formas de turismo que contribuyan al progreso de la sociedad y a la reducción de la desigualdad que siempre ha existido y que se ha incrementado con el tiempo.

Si bien el turismo en Cartagena ha ido creciendo constantemente hasta convertirse, en 2014, en el segundo destino con mayor llegada de viajeros internacionales después de Bogotá y el principal puerto de cruceros del país, dijo Carlos, un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, analizó el estado de los Objetivos del Milenio en la Heroica y se encontró con que la pobreza por ingresos en la ciudad es alta y está relacionada, principalmente, con 3 factores: la falta de educación, la condición étnica y el trabajo informal.

Esto genera una brecha con el resto de la población, pues se alcanzan índices de pobreza de más del 40% y una cifra escalofriante de 57.400 personas en un estado de pobreza extrema. Siendo el turismo uno de los renglones más importantes de la economía de la ciudad, es claro que no se ha logrado vincular a esta dinámica, a buena parte de la población.

Carlos Garzón encontró en la Champeta una expresión de la cultura de Cartagena, que puede ser parte de la experiencia de los visitantes y, al mismo tiempo, puede integrar a los sectores más vulnerables. La Champeta no es solo un ritmo musical, es un movimiento sociocultural, la esencia de la “cartageneidad”, expresión de la cultura popular.

Es precisamente en el mercado de Bazurto, donde se encuentra “la capital de la champeta”, lugar donde se producen todos los discos y donde hay murales pintados desde hace más de 20 años, alusivos al tema. Y cada día crece el interés de turistas de Europa y Canadá, en estos “recorridos auténticos” por la ciudad, una marcada tendencia a nivel mundial, el descubrir realidades, en este caso más allá de la ciudad amurallada, tras de la cual hay historias como la de los ritmos musicales callejeros.

Para buscar el origen de la Champeta como ritmo y cultura musical, se tiene que buscar primero el origen del Picó. El Picó es un sistema de sonido que se generó en las áreas del Caribe, Antillas holandesas y francesas y llegó a Cartagena en los años 50, como alternativa a los radios que llegaron a Barranquilla a costos muy elevados, imposibles de comprar para el grueso de la población. En ese entonces, el Picó aprovechaba las vibraciones de la aguja sobre el acetato para amplificar el sonido y crear nuevos ritmos. Para lograrlo, adaptaban armarios y otros elementos del hogar, los pintaban y decoraban con diferentes figuras, para luego armar unas fiestas populares fantásticas, en plena calle.

Lo que hacían era aprovechar discos traídos de algunos lugares de África y de ciudades como Londres o París, les quitaban el autor y le ponían un “piconema”, dándole su propia interpretación y adaptación a la música original. Así, le estampaban su firma a la nueva producción musical. Esta práctica se mantuvo y se hizo muy popular, ya en los 70’s.

Ya en los años 80’s, surgen nuevos grupos del municipio de Palenque, aún conocidos internacionalmente, que comienzan a mezclar ritmos, traen música tanto de las Antillas como de África y los mezclan con ritmos folclóricos colombianos. De ahí surge la Champeta que, en los años 90, penetra en las calles de Cartagena, donde cala entre pandilleros que frecuentaban el mercado de Bazurto. Entre los años de 1990 y 2000, se dispara el gusto por la Champeta como expresión callejera. Ya después del 2000, se convierte en un ritmo popular y comercial, pero sin perder su valor sociocultural que aún se manifiesta en el entorno cartagenero.

A través de esta expresión sociocultural tan diversa, exótica y rica de la ciudad, se puede observar, como lo ha hecho Carlos, que la periferia de la ciudad había sido afectada también por el conflicto. Allí, excombatientes de grupos paramilitares, ELN y FARC, entre otros, que han llegado a estas zonas huyendo del conflicto, se han involucrado con la música a través de ritmos como la Champeta, que se ha vuelto parte de su cotidianidad y de su cultura.

Ellos, gracias a la dinámica turística de la ciudad, y en su búsqueda de alternativas para generar ingresos, muestran hoy en día esta otra cara de Cartagena, y junto con otros lugareños, están transmitiendo la música de calle como parte del atractivo turístico y patrimonial de la Heroica.

Desde hace ya aproximadamente 5 años, han empezado a llegar extranjeros a hacer tours por San Francisco y La Boquilla, zonas donde se puede hacer turismo comunitario y donde es posible acceder, con todas las garantías de seguridad para los viajeros, para conocer las vivencias de la gente de la calle, de los más pobres y vulnerables, a través de su rica cultura popular. Hay también una “ruta de la Champeta”, llamada la “Champetúa” que tiene una duración de aproximadamente 3 horas; incluye traductor, refrigerio, recuerdo del Rey de Rocha, y una clase de champeta.

Es así como Carlos concluye que la revitalización de los valores culturales y el rescate de expresiones callejeras como la Champeta, pueden ser una estrategia del turismo para la inclusión de la población más vulnerable en el país, más ahora, con la coyuntura de un posible escenario de posconflicto en Colombia.

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