Siria, la duda metódica

¿Qué hacer con Siria? ¿Dejar que se consuma en su fuego interno o imponer una solución a través de intervención internacional? Esas son la dudas del momento. Un momento que se extiende durante dos años. Un momento en el que aproximadamente 100.000 sirios han muerto. Y cualquier respuesta tendrá costes y generará traumas. No hay opciones limpias.

En el interior de nada detiene el conflicto. Aquellas protestas iniciales contra Al-Assad, parecidas a las que se vieron en Túnez y Egipto contra Ben Ali y Mubarak, desaparecieron, violentamente reprimidas por el régimen, y pronto se transformaron en un conflicto civil con implicaciones en la distribución de poder regional y, por tanto, con creciente participación de actores internacionales.

Los manifestantes originales hoy se han constituido en una rebelión, en la que se han amalgamado desde sectores sirios a favor de la democracia hasta mercenarios y yihadistas de múltiples nacionalidades, llevados al ojo del huracán por la posibilidad de una nueva lucha. Así más preguntas complican la toma de cualquier decisión: ¿cuál es el objetivo de los distintos grupos que cohabitan en la rebelión? ¿Tienen algo en común? ¿Pueden mantenerse unidos? ¿Son una fuerza confiable? La comunidad internacional –esa figura en la que las responsabilidades se diluyen a gran velocidad- desconfía de lo que los rebeldes pueden ser y sabe lo que el régimen es.

Mientras, ambos bandos se abocan a una violencia constante que, de manera lenta y sangrienta, lleva o al colapso de Siria –con el riesgo añadido de un posible efecto desestabilizador sobre toda la región- o al estancamiento, en forma de guerra civil degradada, con su incesante y paulatina suma de cadáveres. En eso estamos hasta ahora. 100.000 muertos lo demuestran.

En este contexto, las armas químicas pueden cambiarlo todo. Bien porque inclinen la balanza militar a favor del bando que las use o porque sean el motivo –algunos preferirán llamarlo pretexto- por el que la comunidad internacional decida intervenir. La línea roja que el renuente Obama trazó y lleva meses intentando eludir.

La llegada a Damasco de una comisión de la ONU para determinar si armas químicas fueron usadas –lo que supone una violación de la Convención de 1993- no ha frenado las hostilidades, al contrario. Conscientes de que el mundo mira a los investigadores, ambos bandos quieren atraer la atención sobre su causa –o quizá desviar la atención sobre otras cosas- y convencer a los investigadores de que fue el otro bando el responsable de todo.

Porque aunque lo que la comisión investigadora puede establecer puede no ser mucho. El equipo de la ONU tiene limitadas sus pesquisas a un plazo de catorce días en Siria, durante los que visitarán tres lugares en los que hubo denuncias de uso de armas químicas y sólo podrán establecer si las armas se usaron, pero no quién las usó. Esos fueron los límites bajo los que el gobierno autorizó las inspecciones. Por último, los rastros de gas sarín –el que los expertos dicen habría sido usado en Siria- no duran mucho en el terreno tras su uso, así que el tiempo tampoco ayuda a los inspectores. ¿Pueden esperarse conclusiones contundentes del informe de la Comisión de la ONU?

Y cuando la comisión concluya su trabajo y revele sus conclusiones, por limitadas que puedan ser, entonces ¿qué? ¿Qué ocurrirá entonces?

Posiblemente, seguiremos esperando. Hasta que en Septiembre tenga lugar la cumbre internacional, auspiciada por Rusia y Estados Unidos, sobre el futuro de Siria. Pero, para entonces ya habrá más de 100.000 sirios muertos.

¿Qué hacer?

Por: Miguel M.Benito

El Espectador Jueves 29 de agosto de 2013

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