¡Que viva España!… ¿o no? Miguel Martínez González

Esta es, sin duda, la mayor crisis que ha sufrido España desde que se consolidó la democracia a partir de la firma de la Constitución en 1978. Una crisis que comenzó en el sector financiero y pasó a los demás sectores de la economía, y ha desembocado en una crisis social y política en España que tiene difícil solución, puesto que se han reabierto debates que, con la normalidad, no se hubieran dado.

La población española ha pasado de ser una rica sociedad orgullosa de lo que había conseguido (entrar a formar parte de las cuatro principales economías europeas de la zonal euro, crear una infraestructura impresionante, ser el mayor receptor de inmigrantes con trabajo en los primeros años de este siglo, elevar el poder adquisitivo, ciudadanos con vivienda propia y ser una potencia económica y admirada incluso con pretensiones de pertenecer al G-8), a ser los pioneros de unas protestas a nivel global materializadas en movimientos como Los Indignados del 15-M o la Plataforma del 25-S que ha protagonizado (junto con la policía) los actuales disturbios en los alrededores del edificio del Congreso de los Diputados, que están ocasionando aun más debates sobre si la población es la que tiene que ocuparse de retirar a un gobierno que ellos mismos le dieron, con sus votos, la confianza de gobernar y, además, con mayoría absoluta.

En esta crisis todos tienen parte de culpa. El gobierno, que está incumpliendo todo aquello que prometió cuando presentó su programa en el adelanto de las elecciones de noviembre del año pasado debería, al menos, como recientemente hizo el dirigente británico Nick Cleg, disculparse porque no está cumpliendo el programa prometido, lo cual debería ser causa también para plantearse, por lo menos, no utilizar su mayoría absoluta, sino llegar a acuerdos para aprobar aquello a lo que nunca se comprometió. Esto ocurre, finalmente, porque ningún político es lo suficientemente responsable para admitir que Europa no deja margen de actuación, ni lo va a dejar hasta que se materialicen los acuerdos para llegar a una unión bancaria y una unión fiscal, cuando ya sí que no habrá margen de actuación, puesto que el control sobre lo que se haga a nivel nacional se ejercerá desde Bruselas o desde Frankfurt. Hay que tener en cuenta que desde el funcionariado europeo se achaca parte de estas sorpresas que han sucedido en los bancos españoles (recordemos Bankia) a la falta de control de los Bancos Centrales de cada uno de los países, en este caso, España.

Los bancos, sin duda, también han tenido su parte. Créditos otorgados sin analizar garantías reales, compras de derivados (los famosos subprime) que ha llevado al gobierno a plantear la creación de un “banco malo” que recoja todos esos activos tóxicos de los que no se pueden deshacer y que, ayer, Alemania, Finlandia y Holanda, decidieron no otorgar el rescate a España para ese objetivo alegando que ese es un coste que debe asumir el gobierno español, precisamente por no haber controlado anteriormente y creer, como se afirmaba, que la crisis financiera no iba con España ni con los bancos españoles.

Los ciudadanos también han aportado a esta crisis, puesto que asumieron que, en tiempos de bonanza y en los que había trabajo no hacía falta ahorrar, y crearon una deuda privada en España que, con una crisis tan prolongada, produce los resultados que hoy se están contemplando, es decir, los ciudadanos ya no tienen como pagar sus deudas ni trabajo para hacer frente a esta difícil situación. Así, el aumento de la morosidad ha sido del 14% en estos últimos meses y el del desempleo alcanza ya cifras alrededor del 25% de la población económicamente activa. Gran parte de la culpa de esto es la burbuja inmobiliaria creada a partir de los gobiernos de Aznar y mantenida por los de Rodríguez Zapatero, que permitieron a todos vivir por encima de sus posibilidades y en ese momento, no protestaron ni exigieron a los gobiernos que cambiaran, en épocas de riqueza, el sistema productivo español o que controlaran a los bancos para que no les dieran los créditos que pedían a 30 o 40 o, incluso a 50 años para comprarse casa, coche y financiar las deudas que tenían.

A la Unión Europea y sus dirigentes también se les puede exigir su cuota de responsabilidad, ya que decidieron hacer la Unión Económica y Monetaria a medias, es decir, dejando de lado la primera y concentrándose únicamente en la segunda. Así, en momentos de crisis, ni el gobierno de la UE ni el Banco Central Europeo han tenido posibilidad de actuar porque, sencillamente, no se les habían otorgado herramientas para ello. Estas se han ido improvisando desde 2009 a partir de los diferentes acontecimientos y aun no han logrado ser una realidad, lo cual sigue provocando la desconfianza del gran fantasma llamado mercado.

Al haber culpables en todos los niveles se ha provocado que se abran debates en cada uno de ellos, lo que, en unos casos es positivo, pero en otros no lo es tanto.

En la UE se ha abierto el debate sobre el papel que deben jugar las instituciones y si los estados han de renunciar a más soberanía en favor de más Europa para poder llevar a cabo la unión económica. Este debate se ha producido entre los rescates que se han otorgado a Grecia, Irlanda y Portugal, los posibles que pueden recibir los españoles y los italianos mientras se decide si crear una especie de ministro de hacienda o economía europeo y se crean los famosos eurobonos que comunitarizarían la deuda de los países.

A nivel nacional se han abierto muchos debates. Se ha reabierto el debate sobre el sistema electoral español que favorece el bipartidismo de los dos grandes partidos. Se ha abierto el debate sobre quien debe asumir las cargas de la solución de las crisis (esto siempre va a depender del tinte ideológico del gobierno de turno, aunque como decía, Europa no da mucho margen). Pero sobre todo se han abierto dos debates políticos que amenazan la unidad del estado español, siempre en boca de todos pero que nadie ponía en duda.

El primero de ellos se produjo con el viaje del rey a cazar en África en tiempos de crisis, algunos republicanos intentaron plantear por qué seguir manteniendo una monarquía que costaba mucho dinero y que en realidad no cumplía ya una función “real” en un estado de las características de España. Ese debate fue frenado en seco con las disculpas públicas de Don Juan Carlos a la salida de la clínica donde fue operado por su rotura de cadera. Sin duda, una jugada muy inteligente que pocos esperaban y, quizás por esto, es que ya no se volvió a mencionar el tema.

Sin embargo va a ser más difícil de parar. Es el planteado en esta última semana por el presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, sobre la posible independencia de Cataluña. El gobierno de CiU se encuentra a mitad de su legislatura y ha convocado elecciones adelantadas a finales de noviembre bajo la excusa de que el estado no está dispuesto a negociar un pacto fiscal con Cataluña que le otorgue los beneficios que tienen Navarra y el País Vasco y que los catalanes rechazaron cuando firmaron la Constitución. Al mismo tiempo que está pidiendo la independencia de Cataluña (no entraba en su programa electoral y han votado con el gobierno actual casi todas las reformas que se han llevado a cabo), estaba pidiendo al gobierno 5.023 millones de euros del Fondo de Liquidez Autonómico para poder hacer frente a las dificultades de la crisis y poder asumir los recortes que se han realizado. El 25 de septiembre, retó al gobierno español con realizar un referéndum independentista con o sin su permiso, lo cual sería ilegal y, el día 27, realizó una votación en el Parlamento de Cataluña para que dicho referéndum se produjera en la siguiente legislatura (eso sí, no dice si al principio o al final, es decir, en 2013 o en 2017 si logra terminarla o si logra ganar las elecciones).

Lo que está haciendo el presidente de Cataluña es desviar la atención de la crisis e intentar hacer ver que Cataluña está como está por hacer parte de España y, como no le dejan hacer lo que él quiere, entonces la culpa de lo que pasa allí es porque Cataluña no es independiente o, peor aún, como se ha expresado en el su parlamento al finalizar la votación del referéndum, libre ¿de qué o de quién se tienen que liberar Cataluña y los catalanes? La independencia de Cataluña no hacía parte del programa electoral por el que fue elegido presidente (esto también se está convirtiendo en costumbre, hacer cosas que no están programadas aludiendo a la crisis).

Se aprovechó la Diada (11 de septiembre, que es el día de Cataluña) para hacer una manifestación independentista que pedía con pancartas que Cataluña fuera un estado de la UE y, a partir de ahí, se ha empezado a especular sobre todo tipo de situación poniendo a Cataluña por aparte: se le ha preguntado al presidente del F.C. Barcelona si el equipo jugaría la liga española en caso de separación, se ha cuestionado si seguiría dentro del euro e incluso se le ha comentado al seleccionador español de futbol si se imaginaría un España Vs Cataluña.

Es un debate que se ha reabierto con una fuerza que asusta un poco y con pocas ganas de negociar, de ahí que se empiecen a retar tanto el gobierno catalán como el gobierno central, el cual ya ha anunciado que pondrá todos sus medios para que ese referéndum que se ha aprobado realizar no se produzca nunca, al menos sin que ellos lo autoricen o se realice en toda España como lo prevé la ley. Por otra parte, esa reivindicación de ser un estado de la UE es algo que no depende de ellos, puesto que una separación de España supondría la automática salida de la UE y la entrada a la misma no es algo que dependa de los estados que la piden sino de los estados que están en la Unión, teniendo en cuenta que todos ellos reconocieran dicha independencia.

Es un debate que va a ser mucho más difícil de frenar que aquel de la monarquía, sin embargo hay que reclamar un poco de responsabilidad a los políticos para que no se pongan a cuestionarse este tipo de temas en momentos como este y menos cuando se intenta hacer más Europa y los dirigentes catalanes, en contravía, intentan poner fronteras donde ya hace mucho tiempo que desaparecieron. Los problemas que hoy tienen los españoles (los catalanes incluidos) son medibles, se miden en cifras de desempleo, de incremento de la pobreza, de incremento de la migración de españoles fuera de su país (lo cual habría que valorar si es malo o bueno), de familias que no llegan a final de mes y que tienen que comprar los libros a sus hijos y darles comida para que se lleven de casa porque ya no se otorgan becas para alimentación en los colegios, en familias que tienen que acudir a Caritas para que les den mercado porque no tienen para comer…y eso, el nacionalismo o la identidad o el hecho diferenciador catalán no lo van a solucionar.

Cataluña y los catalanes no son más independentistas porque haya crisis, la identidad no se refuerza porque haya crisis, lo que se refuerza con las crisis (y más si son tan largas como esta) es la desesperación y la impotencia, pero estas no se deben intentar solucionar a partir de la ruptura sino a partir de la unidad y la solidaridad, que han sido dos de los elementos que, tanto a nivel nacional como europeo, han llevado a España donde está, eso sí, respetando la diversidad que existe tanto en España como en Europa. La diversidad nos hace ricos y la separación, lo único que lograría sería hacernos, si cabe, más pobres.

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